Viviendo al día Miércoles, 18 de mayo de 2011
El futuro, hasta cierto punto, es impredecible. Cualquier apuesta a largo o medio plazo es cuanto menos arriesgada: puede que tus esfuerzos se vean frustrados por fuerzas externas que escapen a tu control, que hagan que de repente tus planes se vayan al garete sin dejarte nada a cambio.
Conozco una empresa donde hace poco se han vivido muchas situaciones de este tipo. No voy a decir que ha sido por la crisis, que eso ya está muy manido, sobre todo cuando la culpa principal ha sido la incompetencia de las personas que dirigían la empresa y que tomaron decisiones erróneas. La cuestión es que la situación empeoró bastante y se hizo necesaria una reestructuración. Ha habido salidas de la empresa, departamentos que desaparecen, traslados y defenestraciones. Con todo esto, mucha gente que había dedicado un esfuerzo importante para mantener un puesto de responsabilidad se ha quedado sin nada de un día para otro. Su carrera profesional se ha truncado sin previo aviso y han pasado a desarrollar puestos de perfiles muy básicos, de meros curritos. Otros, han tenido que cambiar de residencia si querían seguir haciendo algo parecido a lo que hacían antes, e incluso para no ir a la calle.
De súbito, todas las horas extras sin cobrar que hicieron, todas las preocupaciones que habían tenido esas personas por la empresa, es como si hubieran desaparecido. Es un esfuerzo que nadie les va a tener en cuenta. Supongo que algunas de esas personas también habrían dejado a un lado a la familia y sus aficiones para centrarse en el trabajo, esperando conseguir algo. Todas esas personas habían realizado una apuesta personal importante que va a quedar en nada. No sé si llegarán a sentirse menospreciados y engañados por la vida, pero sería lo normal.
No lo comento sólo por el tema laboral. Seguro que muchos conocéis situaciones parecidas que han hecho que algo que estaba construyendo una persona de repente se frustra por circunstancias ajenas a ella misma. Esto puede que nos suceda, o no, pero es algo con lo que tenemos que contar cuando nos embarcamos en algún proyecto personal de cierto recorrido.
La pregunta que me surge cuando reflexiono sobre todo esto es: ¿merece la pena hacer algún esfuerzo para conseguir algo, o por el contrario debemos rendirnos a la fatalidad y vivir al día? (Aprovecho este párrafo para despedirme de los fatalistas y de los nihilistas que en este punto deberían dejar de leer y arrojarse por el balcón para acabar con su sufrimiento en vista de lo negro del panorama)
Ante esta pregunta cada uno tiene que darse su propia respuesta. Por mi parte, creo que la clave es que, cuando hagamos algo, debemos plantearnos la siguiente pregunta: si ahora se fuese todo al traste, ¿habría merecido la pena?
Si escribo un libro y no me lo publican: ¿habrá merecido la pena?
Si construyo una casa con mis propias manos y un día un terremoto la tira abajo: ¿habrá merecido la pena?
Si trabajo veinte años para esa empresa y un día me tiran a la calle: ¿habrá merecido la pena?
El secreto es que el proceso nos aporte algo, independientemente del resultado. Que al final seamos mejores personas que al principio (con lo que quiera que signifique eso para cada uno de nosotros).
Si dedico un esfuerzo importante trabajando como un cabrón con la esperanza de que me hagan jefe en mi empresa, y luego no lo hacen por cualquier circunstancia, es muy posible que no haya merecido la pena. Si sólo buscaba el resultado, habrá sido tiempo perdido. Sólo habrá sido útil en el caso en que todo ese esfuerzo haya resultado gratificante en cierta medida, bien porque hayamos adquirido capacidades personales que valoramos, porque hayamos aprendido cosas que nos permitan abordar nuevos proyectos, etc. Si al final no llegamos a ninguna parte siempre nos quedará ese poso que habrá quedado en nosotros mismos.
Creo que eso es lo que hay que hacer para escapar de la fatalidad: implicarse en proyectos que de una forma u otra supongan una mejora personal tanto si triunfamos como si no, o al menos, que nos sirvan para disfrutar mientras los realizamos. Puede que algún día lleguemos a conseguir el éxito, puede que no lo logremos, pero estaremos contentos con nosotros mismos y con el tipo de persona en el que nos habremos convertido.
(Para todos los fatalistas y nihilistas que desoyendo mis indicaciones hayan llegado hasta aquí: aún siguiendo este consejo, al final moriremos y no habrá servido de nada. Ya saben dónde se encuentran sus balcones y las vías del tren más próximas a sus domicilios).
