quitandose el traje

…en ultima instancia eres sólo un simple individuo en un mundo enorme

 

Cruzando el tiempo Miércoles, 2 de noviembre de 2011

Filed under: cajón de sastre — yabu @ 3:48 pm

Todo empezó con la Canalla. Fue uno de los primeros blogs que leí, el que me enganchó a todo esto. Ella sigue yendo y viniendo, escribe de vez en cuando, pero ya no es una bloger. Sin embargo, gracias a ella (y a unos cuantos más que han ido cayendo con el paso del tiempo) me animé y abrí mi blog. Hoy hace de eso ya siete años. Tenía poco más de treinta años y una vida muy diferente de la que tengo ahora.

(más…)

 
 

Tirando los apuntes Viernes, 30 de septiembre de 2011

Filed under: cajón de sastre — yabu @ 3:19 pm

Hace años que la cama en la que dormía en casa de mis padres dejó de ser mi cama. La elegí yo mismo cuando tenía dieciocho años y vinimos a vivir a Valencia. Recuerdo que mis padres nos llevaron a un recorrido por las tiendas de muebles de la antigua carretera de Barcelona, y dejaron que decidiésemos cuales iban a ser los que compráramos para nuestro cuarto. Vistos ahora, los que elegí yo me parecen tan feos que tendrían que haberme hecho caso omiso y haber comprado algo más decente, pero supongo que por aquel entonces me parecieron lo más bonito que podía tener en mi habitación; era joven e inexperto y había vivido menos que el tiempo que ha pasado desde entonces hasta ahora.

Una de las condiciones que nos pusieron para elegir los muebles fue que tuvieran unos cajones debajo de la cama que sirvieran como un espacio extra de almacenaje. Tanto mi cama como la de mi hermano tuvieron pues cajones, que con los años se fueron llenando de los trastos que menos necesitábamos tener a mano, ya que el acceso a ellos era un poco difícil.

Con el pasar de los años me fui de casa, y ahí quedaron esos trastos olvidados hasta hace unas semanas. Mis padres se han mudado y necesitaban vaciar el piso, así que me llamaron para que me ocupase de todos aquellos trastos que no me había ido llevando ya a lo largo del tiempo.

(más…)

 
 

Recordando libros Martes, 30 de agosto de 2011

Filed under: cajón de sastre — yabu @ 3:22 pm

Por tercera vez en este blog voy a nombrar a una persona real. A las dos primeras que mencioné ya las conocía; a esta jamás la he visto ni había tenido noticias de ella hasta poco antes de este post. Con las dos anteriores, a raíz de mencionarlas en el blog tuve contacto con ellas (y con una todavía lo mantengo). Con la que voy a mencionar en esta entrada no creo que llegue a tener ningún tipo de contacto, así que aprovechándome de mi anonimato voy a contar todo lo que me apetezca, que no será mucho y además será todo ficticio porque, como ya he comentado, apenas la conozco.

La historia viene de un mes y pico atrás. Dos cosas sucedieron de forma casi simultánea: en primer lugar, vi el post sobre el taller de Enrique Páez que ya compartí con vosotros en esta entrada. En segundo lugar, me apunté a un curso de la Escuela de Escritores para aprender a escribir literatura infantil y juvenil. Una cosa no tuvo que ver con la otra: llevo tiempo intentando aprender a escribir, y hace algunos años ya cursé un par de talleres en esa misma escuela. Sin embargo, esos dos actos estaban más relacionados de lo que pueda parecer. En primer lugar, por lo que he podido entender de los comentarios mi profesora, la Escuela de Escritores fue de alguna manera la continuación del taller de Enrique Páez. En segundo lugar, Enrique Páez escribía literatura infantil y juvenil. Tiene unos cuantos títulos publicados, y está muy bien considerado como autor. En tercer lugar, para saber escribir bien hay que haber leído bastante, por lo que como parte del curso se recomendaba una bibliografía y, en ella, se mencionaba un libro de Enrique Páez. No soy de los que piensan que las casualidades son mágicas, pero tanto rondaba el nombre de Enrique Páez últimamente por mi vida que no pude menos que interesarme por su obra. Así que me decidí a hacerme con el libro recomendado, tanto por aprender a escribir para niños como por la curiosidad que tenía acerca de cómo escribiría, cual sería su calidad, que temas trataría. Y aquí es donde entra la estrella de este post: Laura López Franco.

No sé si habréis ido últimamente por una librería. Por un lado espero que sí, pues es una experiencia agradable. Por otro, espero que no, porque si sois como yo son una ruina: tantos libros, con ese olor tan seductor, con sus títulos sugerentes… Tantas promesas de diversión y conocimiento tan cerca de tu mano que puedes tocarlas, ojearlas, abrir las páginas y comenzar a compartir una historia, leer unos cuantos párrafos bien cuidados que hacen que te apetezca disfrutar del libro en soledad, en la tranquilidad de tu salón. Lo dicho, una ruina: no hay vez que pase un rato en una librería y salga sin haber comprado algo, y los libros son caros.

La cuestión es que si habéis ido a una librería habréis visto que tienen muchísimos libros (cosa que no es nada de extrañar porque se dedican a venderlos), pero aunque os parezca que hay gran cantidad de ellos, en realidad sólo tienen tres tipos de libros: los más nuevos, los más vendidos y los que no se han podido vender pero todavía no han perdido la esperanza de hacerlo. Como busques algún libro que se escape de estas características, la llevas clara: no lo van a tener. Si el libro no es muy antiguo puedes encargarlo, y con un poco de suerte lo tendrán en la distribuidora. En cuanto tenga más de dos o tres años, estás frito: jamás vas a poder comprarlo.
Si el libro está descatalogado, empieza la odisea de la búsqueda de libros de segunda mano. La cosa se ha simplificado mucho con Internet: antes tenías que pasarte por todas las librerías de viejo de tu localidad, preguntar y husmear, a ver si tenías suerte. Hoy hay webs como Iberlibro.com donde tienes una selección importante, y también muchas webs de librerías de segunda mano que ofrecen sus productos por Internet (yo estoy utilizando últimamente la de libros Alcana. Son muy rápidos y tienen buen catálogo).

¿Y dónde está Laura López Franco, que la hemos perdido de vista con tanto irme por los cerros de Úbeda?

Laura vino en uno de esos libros que no pude encontrar. Pedí el libro de Enrique Páez en una librería de segunda mano, y cuando me llegó, al hojearlo, pude ver su nombre escrito en la primera página: Laura López Franco, 6º de EGB. La letra era pulcra, redonda, letra de niña. El libro estaba muy bien cuidado, y no pude menos de imaginarme la frescura de una colegiala que se lleva en la mochila la lectura que tiene a medias, junto al bocadillo que le ha preparado su madre y algún juguete de los que estén de moda en esa época del año.

Hace un tiempo hubiese leído el nombre y me hubiese olvidado del asunto. Hoy en día, con Internet, es fácil encontrar información sobre una persona. Tras un par de minutos de búsqueda rápida pude ver su foto actual, saber quienes son sus amigos, comprobar que sigue viviendo en Madrid. Pude constatar que, quien era antes una niña de 6º de EGB que leía libros infantiles, ahora es una persona adulta que sigue los pasos que hemos dado los que somos unos años mayores que ella.

Y todo esto me hizo pensar en los libros que he leído cuando era joven, cuando era niño, y me hizo preguntarme: ¿dónde están los libros de mi infancia?

Yo lo sé: están guardados en una casa que mis padres no utilizan, algunos en las estanterías, otros en cajas. Están todos esos libros de los que guardamos un recuerdo especial y todos aquellos que no recordamos pero que en su día nos entretuvieron. Ese lugar es un pequeño tesoro de memoria que, si algún día vuelvo a ver, removerá mi nostalgia. Ver de nuevo esos títulos tan de niño con “Aniceto el vencecanguelos”, “El dragón tragón”, “El Pampinoplas”. Los libros que tanto nos gustaron en su día como “Momo”, “La historia interminable”, “Las aventuras de Tom Sawyer”. Todos esos libros que eligieron nuestros padres para nosotros con todo el cariño y el conocimiento de literatura infantil que pudieran tener por aquel entonces. Creo que la próxima vez que los vea será para deshacerme de ellos y será doloroso.

¿Qué es lo que sucedió para que el libro de Laura esté ahora en mis manos? ¿De qué forma, en qué circunstancias se desharía de él? ¿Fueron recuerdos de los que tuvo que desprenderse en una mudanza? ¿Tuvieron que venderlos para conseguir algo de dinero? Nunca lo sabré.

¿Y vosotros? ¿Os acordáis de los libros de vuestra infancia? ¿Recordáis algunos de esos títulos? ¿Sabéis dónde están guardados ahora? ¿Os acordáis de aquellas sensaciones tan maravillosas que nos embargaban cuando leíamos de niño? Leíamos cosas que ahora, con ojos de adulto, nos pueden parecer pueriles, pero que entonces nos abrían a un mundo nuevo. Las primeras veces son tan especiales… Yo recuerdo cómo me emocionaba con las historias de los Cinco, cómo soñaba con vivir alguna vez aventuras como ellos. Cómo sufrías con los personajes que tenían problemas que ahora te parecerían triviales, cómo te identificabas con personajes que de adulto te parecen simples. Ahora somos mucho más complicados, las historias tienen que tener una riqueza y una complejidad muy alta para que nos dejemos convencer y podamos creernos la narración. Sin embargo, las historias infantiles tienen algo especial. Estoy volviendo a leer literatura infantil y juvenil, e intento mirarla con ojos de niño pero, como adulto, no puedo evitar darme cuenta de que esas historias tienen algo más, y es algo muy bueno: esas historias están escritas con amor, por un adulto que se deja un poquito de su corazón intentando contarle una historia a un niño. Ese amor se nota, se filtra entre las páginas y estoy seguro que a los lectores les llega, aunque no puedan entender todavía de donde sale. Si alguna vez consigo publicar alguna historia para niños, espero que de mis textos se desprenda también ese cariño y ese amor.

En fin, modo nostalgia OFF, que me entran los lagrimones. Ver la letra de niña de Laura y verla ahora convertida en una mujer adulta me ha hecho recordar que yo también fui un niño. Me ha hecho echar de menos aquellos años tan simples, tan claros, cuando todo era nuevo y pensábamos que íbamos a vivir para siempre. Ojala pudiésemos tomarnos de vez en cuando unas vacaciones y volver a esos días, pero es un tiempo que se fue y que no volverá. Tan sólo puedo rememorarlo viendo crecer a mi hija, y lo único que puedo hacer es intentar que ella tenga la mejor infancia posible, que sea feliz. Como me dijo una vez una persona a la que aprecio mucho, cuidando a nuestros hijos lo que hacemos es cuidar del niño que fuimos nosotros alguna vez. Es lo más que podemos hacer por nuestra infancia.

 
 

Desconectándome del mundo Jueves, 18 de agosto de 2011

Filed under: cajón de sastre — yabu @ 3:50 pm

Ayer fui a ver a un amigo. Vive lejos, y llevábamos más de dos años sin vernos. La sensación ha sido triste, porque antes estábamos bastante unidos y volver a vernos sólo ha servido para constatar que la vida poco a poco nos va separando. No sólo es la distancia física: es la forma de ver el mundo. Es la forma de criar a los hijos, de enfrentar la vida. Ya no sé si seríamos capaces de sentarnos a una mesa, con algo de comida y mucho alcohol, y filosofar hasta la madrugada.

Eso me ha hecho pensar en cómo han evolucionado las relaciones con las personas que han sido importantes en mi infancia y en mi juventud, y la sensación que me ha quedado es de vacío. De desconexión. De algo que se ha ido apagando poco a poco y de lo que ya no queda nada.

Todos los amigos de mi infancia los he perdido: cambié de ciudad, y aunque donde vivo ahora no está muy lejos, no conservo ningún contacto con ellos. Por no conservar, casi no tengo ni recuerdos de los compañeros de mi escuela, de aquellos con los que jugaba cuando era pequeño.

Todos los amigos de mi juventud los he perdido: unos se han ido a vivir a ciudades diferentes, con otros simplemente se ha apagado la relación. Cada uno hemos tomados caminos distintos y aquello que nos unía ha ido desapareciendo: los estudios, la juventud, ese momento en el que compartes los problemas que se presentan cuando empiezas a abrirte paso por el mundo. Conservo un contacto esporádico con alguno de ellos, como con el que fui a visitar ayer, pero la sensación es triste: la vida nos separa.

Por no conservar, no conservo ni el vínculo con mis padres. La relación nunca fue demasiado buena, y al final hemos terminado separados del todo. Eso también da una sensación de desconexión importante, porque no sólo pierdes el vínculo con ellos sino sobre cosas que eran referentes en tu vida, que siempre habían estado ahí: la casa donde has vivido. La gente, el pueblo, la urbanización donde pasabas los veranos. El resto de tu familia. Con todo eso he perdido la relación, y sólo ha quedado un vacío por llenar.

Incluso los blogs que leía: poco a poco, la era blog va pasando y las personas a las que seguía se van cansando, van dejando de escribir y de comentar. Era un grupo de gente que, aunque no conocía personalmente, te hacía sentir que formabas parte de algo. Y qué queréis que os diga: lo de las redes sociales no es lo mismo. Al dar la cara, el contenido no tiene la misma intimidad que tenía en los blogs. Yo mismo me cortaría a la hora de escribir este post en una red social con mi verdadero nombre.

Sé que mi vida ha cambiado mucho últimamente, que ha cambiado a mejor, pero también siento el dolor de todo ese vacío y esa pérdida. Me siento como si estuviera en una burbuja con mi pareja y con mi hija, desconectado de todo lo demás. Estoy en una etapa en la que se han perdido mis lazos con el mundo y ando un poco en el vacío; una etapa en la que tengo que construir de nuevo mis anclajes: cosas, y sobre todo personas, que sean importantes para mí y que me hagan encontrar un lugar en el que me sienta valorado y querido. Pero tengo ya una edad en la que no sé si es posible establecer relaciones duraderas, con esa intensidad con la que se establecen cuando eres un niño y un adolescente.

Tendré que intentarlo. Pero no sé ni cómo ni por dónde empezar.

 
 

Cambiando de generación Jueves, 11 de agosto de 2011

Filed under: cajón de sastre — yabu @ 3:07 pm

Lu me ha hecho pensar. En su último post habla del tiempo que pasa y no vuelve, y eso es algo que cada día me viene más a la cabeza.

Yo no sé si es que se me estará adelantando la crisis de los cuarenta, pero cada vez pienso más en el tiempo perdido. Esta mañana he buscado en google maps el bloque donde viví desde que nací hasta que fui un adolescente. Recuerdo que enfrente había un descampado y unos campos de naranjos. En ese descampado aprendí a jugar, estuve cientos de horas con mis amigos. Por esos campos de naranjos nos internábamos cuando queríamos tener alguna aventura. Avanzábamos por un camino de tierra que serpenteaba entre ellos y que sólo recorrían los motocarros de los agricultores que iban a hacer alguna faena a sus campos. Eran los únicos adultos que se veían por allí; los niños éramos los reyes del descampado y así debía ser. Nos movíamos a ritmos distintos, sin los horarios y las prisas de los adultos, como si estuviéramos en una burbuja donde el tiempo pasase a otra velocidad y las cosas importantes sucedieran en momentos diferentes a cuando pasaban las de los mayores. No pienso a menudo en esa época pero la recuerdo con nostalgia, como imagino que debe recordad todo el mundo esa etapa de su vida.

Esta mañana, a través de Internet, pude ver que el descampado ya no existe. Ahora, hay más bloques de edificios. El campo ha retrocedido, la ciudad es más grande y será una nueva generación, la de los niños que vivan un poco más allá, quienes tengan de nuevo las sensaciones que tuve yo en aquella época. Al ver que el descampado no existía he sentido una punzada en el corazón, como si alguien me hubiese quitado una parte de mi infancia, como si algo empujara y me obligase a apartarme para dejar paso a los que vienen detrás de mi.

Ha pasado tanto tiempo desde entonces… Más de treinta años. El tiempo pasa, es lo normal. Lo que me duele es que en todo ese tiempo siempre he vagado sin rumbo, sin tener un objetivo claro en esta vida. No recuerdo tener esa sensación de fluir, de saber que estás dirigiendo tus energías hacia algo que realmente quieres.

Aun ahora, que estoy con una mujer maravillosa y tengo una niña a la que quiero como nada en el mundo, me falta algo: una misión, algo que me haga encontrar mi lugar en el mundo. Saber que lo que estoy haciendo es lo que quiero hacer, para lo que valgo, lo que siempre he esperado. Sentir que aquí-y-haciendo-esto es donde tengo que estar. Me siento como Neo, el protagonista de Matrix: algo no me acaba de cuadrar, siento como una espina clavada que hace que no me pueda relajar y estar a gusto. Siento algo erróneo, algo que falla o algo que me falta, y no sé qué es.

Más de treinta años han pasado ya desde mi infancia. ¿Ha sido acaso todo ese tiempo, tiempo perdido? Como dice Jamie Wieck, “You can not score without a goal”. No se pueden meter goles si no hay portería. No puedes puntuar si no hay una meta que alcanzar. Si no he tenido una meta: ¿significa que he vivido sin vivir? ¿Significa acaso que he malgastado mi tiempo?

Mi planteamiento nihilista de la vida no ayuda demasiado a encontrar mi lugar y mis objetivos. Planteamiento nihilista en el sentido de, como dice la wikipedia, “deshacerse de todas las ideas preconcebidas para dar paso a una vida con opciones abiertas de realización”. Lo malo de las opciones abiertas es que eres tú quien tiene que darle sentido a las cosas. No vas a encontrar nada fuera de ti que sea lo que le de sentido: una religión, una patria, un deber a cumplir. Eres libre para decidir qué es importante, pero también tienes la inmensa responsabilidad de decidirlo. Si conservase mi educación tradicional tan sólo tendría que ascender en el trabajo, ganar más dinero, comprar una segunda residencia y tener un coche grande y caro. Pero eso hace tiempo que ya no me vale. Rompí con esos valores y ahora tengo el mundo entero para elegir: tantas cosas, que no se hacia donde dirigir mi futuro.

¿Por qué me da últimamente por pensar todo esto? Estoy cerca de los cuarenta, pero también creo que mi paternidad me ha afectado: ver que como está descubriendo el mundo una persona a la que amas, poder ayudarla a crecer, desarrollarse y ser cada vez más independiente, es algo maravilloso. Pero también te hace ver que el tiempo es implacable y que un día esa persona estará en tú lugar, y te hace ver que algún día tú ya no estarás.

Dios mío, ¿qué es lo que voy a hacer? Tan sólo quiero volver a ser un niño.