Lu me ha hecho pensar. En su último post habla del tiempo que pasa y no vuelve, y eso es algo que cada día me viene más a la cabeza.
Yo no sé si es que se me estará adelantando la crisis de los cuarenta, pero cada vez pienso más en el tiempo perdido. Esta mañana he buscado en google maps el bloque donde viví desde que nací hasta que fui un adolescente. Recuerdo que enfrente había un descampado y unos campos de naranjos. En ese descampado aprendí a jugar, estuve cientos de horas con mis amigos. Por esos campos de naranjos nos internábamos cuando queríamos tener alguna aventura. Avanzábamos por un camino de tierra que serpenteaba entre ellos y que sólo recorrían los motocarros de los agricultores que iban a hacer alguna faena a sus campos. Eran los únicos adultos que se veían por allí; los niños éramos los reyes del descampado y así debía ser. Nos movíamos a ritmos distintos, sin los horarios y las prisas de los adultos, como si estuviéramos en una burbuja donde el tiempo pasase a otra velocidad y las cosas importantes sucedieran en momentos diferentes a cuando pasaban las de los mayores. No pienso a menudo en esa época pero la recuerdo con nostalgia, como imagino que debe recordad todo el mundo esa etapa de su vida.
Esta mañana, a través de Internet, pude ver que el descampado ya no existe. Ahora, hay más bloques de edificios. El campo ha retrocedido, la ciudad es más grande y será una nueva generación, la de los niños que vivan un poco más allá, quienes tengan de nuevo las sensaciones que tuve yo en aquella época. Al ver que el descampado no existía he sentido una punzada en el corazón, como si alguien me hubiese quitado una parte de mi infancia, como si algo empujara y me obligase a apartarme para dejar paso a los que vienen detrás de mi.
Ha pasado tanto tiempo desde entonces… Más de treinta años. El tiempo pasa, es lo normal. Lo que me duele es que en todo ese tiempo siempre he vagado sin rumbo, sin tener un objetivo claro en esta vida. No recuerdo tener esa sensación de fluir, de saber que estás dirigiendo tus energías hacia algo que realmente quieres.
Aun ahora, que estoy con una mujer maravillosa y tengo una niña a la que quiero como nada en el mundo, me falta algo: una misión, algo que me haga encontrar mi lugar en el mundo. Saber que lo que estoy haciendo es lo que quiero hacer, para lo que valgo, lo que siempre he esperado. Sentir que aquí-y-haciendo-esto es donde tengo que estar. Me siento como Neo, el protagonista de Matrix: algo no me acaba de cuadrar, siento como una espina clavada que hace que no me pueda relajar y estar a gusto. Siento algo erróneo, algo que falla o algo que me falta, y no sé qué es.
Más de treinta años han pasado ya desde mi infancia. ¿Ha sido acaso todo ese tiempo, tiempo perdido? Como dice Jamie Wieck, “You can not score without a goal”. No se pueden meter goles si no hay portería. No puedes puntuar si no hay una meta que alcanzar. Si no he tenido una meta: ¿significa que he vivido sin vivir? ¿Significa acaso que he malgastado mi tiempo?
Mi planteamiento nihilista de la vida no ayuda demasiado a encontrar mi lugar y mis objetivos. Planteamiento nihilista en el sentido de, como dice la wikipedia, “deshacerse de todas las ideas preconcebidas para dar paso a una vida con opciones abiertas de realización”. Lo malo de las opciones abiertas es que eres tú quien tiene que darle sentido a las cosas. No vas a encontrar nada fuera de ti que sea lo que le de sentido: una religión, una patria, un deber a cumplir. Eres libre para decidir qué es importante, pero también tienes la inmensa responsabilidad de decidirlo. Si conservase mi educación tradicional tan sólo tendría que ascender en el trabajo, ganar más dinero, comprar una segunda residencia y tener un coche grande y caro. Pero eso hace tiempo que ya no me vale. Rompí con esos valores y ahora tengo el mundo entero para elegir: tantas cosas, que no se hacia donde dirigir mi futuro.
¿Por qué me da últimamente por pensar todo esto? Estoy cerca de los cuarenta, pero también creo que mi paternidad me ha afectado: ver que como está descubriendo el mundo una persona a la que amas, poder ayudarla a crecer, desarrollarse y ser cada vez más independiente, es algo maravilloso. Pero también te hace ver que el tiempo es implacable y que un día esa persona estará en tú lugar, y te hace ver que algún día tú ya no estarás.
Dios mío, ¿qué es lo que voy a hacer? Tan sólo quiero volver a ser un niño.