2011 ha terminado. El penúltimo año de la historia, según el calendario maya.
Celebramos el cambio de año. No es más que un punto arbitrario en el tiempo que hemos elegido como podríamos haber elegido cualquier otro. Aun así, es importante. Lo es porque al fin y al cabo la importancia y la significación es algo que asignamos los seres humanos a las cosas, no una cualidad de las cosas en sí. Y lo que le asignamos a este punto en el tiempo es la significación de un cambio de etapa, la ilusión de la apertura de un nuevo ciclo y la reflexión sobre el tiempo que se nos ha ido.
Es un poco extraño celebrar un cambio ese día concreto, cuando no coincide con ningún otro ritmo de los que llevamos los seres humanos. Sería más lógico celebrarlo en un cambio de estación, al pasar del frío del invierno a la promesa de la primavera. O celebrarlo al final (o al comienzo) del curso escolar, cuando sí que hay realmente un cambio en las rutinas del día a día de las personas —al menos para los que tenemos hijos o para los que todavía son niños o estudiantes—. He estado mirando un poco y he averiguado que los romanos celebraban el año nuevo el 25 de marzo, que fueron ellos quienes lo cambiaron al uno de enero, y que hay una diversidad cultural enorme en la celebración del fin de año (podéis haceros una idea mirando aquí y aquí) Aunque parece que lo que es universal es la celebración de un cierre y un comienzo de ciclo.
Lo que quiero compartir con vosotros en este post es una reflexión sobre lo que me sucedió el año pasado y sobre lo que espero de este nuevo año. Cosas que os sonarán a los que me hayáis ido siguiendo desde que volví a escribir en abril, y que espero que me sirvan (como todos los posts de mi blog) para aclararme yo mismo un poco más y centrar mis ideas.
¿Qué es lo que ha sido para mi 2011? Creo que es un año que se define por tres cosas: un cambio de etapa, una necesidad de maduración y un cambio de foco.
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