Hoy quería hablar del conflicto palestino pero desde un punto de vista que hasta ahora no se ha tratado en los medios de comunicación: mi propio interés en el asunto. Me refiero al interés económico, y lo comento porque se me ha ocurrido un sistema para sacar tajada de esta guerra (y posiblemente de otras posteriores) sin tener que vender armas, que son muy peligrosas y las carga el diablo.
La idea es vender carteles de protesta; hasta ahí, nada nuevo. No sólo eso, sino que me quiero hacer con todo el mercado de los carteles de protesta, tanto de un bando como del otro. Esto tampoco es una idea original: lo hacen las multinacionales creando productos que compiten entre sí pero que al final son del mismo fabricante. Lo verdaderamente novedoso es que quiero vender el mismo cartel tanto a un bando como al otro, ahorrando costes de fabricación, campañas de marketing, y muchísimos otros gastos que los economistas conocen y que a mi me sonarían a hebreo antiguo.
El sistema (que queda despatentado desde ahora mismo) es muy simple: consiste en preparar los carteles de modo que algunas letras se puedan despegar y/o pegar para reconfigurarlo al gusto del comprador. Todo es cuestión de redactar mensajes lo suficientemente ambiguos para que no digan nada pero transmitan una gran carga emocional.
Por ejemplo: con el conflicto palestino (que es el que está ahora de moda) podríamos fabricar un cartel con un slogan adecuado al evento pero que, con unos pequeños cambios, se pudiese adaptar para cada una de las facciones. Así, en el bando de apoyo a los palestinos utilizaríamos la siguiente configuración del cartel:
¡Terminemos con
el genocidio palestino!
Para el otro bando, sólo habría que despegar unas cuantas letras y el cartel quedaría configurado de esta otra forma, con un mensaje no sólo convincente sino incluso cafre:
¡Terminemos
el genocidio palestino!
Ahora sólo tengo que rellenar unos cuantos formularios para abrir la empresa, contratar unos cuantos chinos para que hagan los carteles y conseguir pasta de algún incauto para malgastarla en una campaña de márketing. Si es que, como dicen los azucarillos del café, las buenas ideas de negocio no tienen por qué ser complicadas.