Por tercera vez en este blog voy a nombrar a una persona real. A las dos primeras que mencioné ya las conocía; a esta jamás la he visto ni había tenido noticias de ella hasta poco antes de este post. Con las dos anteriores, a raíz de mencionarlas en el blog tuve contacto con ellas (y con una todavía lo mantengo). Con la que voy a mencionar en esta entrada no creo que llegue a tener ningún tipo de contacto, así que aprovechándome de mi anonimato voy a contar todo lo que me apetezca, que no será mucho y además será todo ficticio porque, como ya he comentado, apenas la conozco.
La historia viene de un mes y pico atrás. Dos cosas sucedieron de forma casi simultánea: en primer lugar, vi el post sobre el taller de Enrique Páez que ya compartí con vosotros en esta entrada. En segundo lugar, me apunté a un curso de la Escuela de Escritores para aprender a escribir literatura infantil y juvenil. Una cosa no tuvo que ver con la otra: llevo tiempo intentando aprender a escribir, y hace algunos años ya cursé un par de talleres en esa misma escuela. Sin embargo, esos dos actos estaban más relacionados de lo que pueda parecer. En primer lugar, por lo que he podido entender de los comentarios mi profesora, la Escuela de Escritores fue de alguna manera la continuación del taller de Enrique Páez. En segundo lugar, Enrique Páez escribía literatura infantil y juvenil. Tiene unos cuantos títulos publicados, y está muy bien considerado como autor. En tercer lugar, para saber escribir bien hay que haber leído bastante, por lo que como parte del curso se recomendaba una bibliografía y, en ella, se mencionaba un libro de Enrique Páez. No soy de los que piensan que las casualidades son mágicas, pero tanto rondaba el nombre de Enrique Páez últimamente por mi vida que no pude menos que interesarme por su obra. Así que me decidí a hacerme con el libro recomendado, tanto por aprender a escribir para niños como por la curiosidad que tenía acerca de cómo escribiría, cual sería su calidad, que temas trataría. Y aquí es donde entra la estrella de este post: Laura López Franco.
No sé si habréis ido últimamente por una librería. Por un lado espero que sí, pues es una experiencia agradable. Por otro, espero que no, porque si sois como yo son una ruina: tantos libros, con ese olor tan seductor, con sus títulos sugerentes… Tantas promesas de diversión y conocimiento tan cerca de tu mano que puedes tocarlas, ojearlas, abrir las páginas y comenzar a compartir una historia, leer unos cuantos párrafos bien cuidados que hacen que te apetezca disfrutar del libro en soledad, en la tranquilidad de tu salón. Lo dicho, una ruina: no hay vez que pase un rato en una librería y salga sin haber comprado algo, y los libros son caros.
La cuestión es que si habéis ido a una librería habréis visto que tienen muchísimos libros (cosa que no es nada de extrañar porque se dedican a venderlos), pero aunque os parezca que hay gran cantidad de ellos, en realidad sólo tienen tres tipos de libros: los más nuevos, los más vendidos y los que no se han podido vender pero todavía no han perdido la esperanza de hacerlo. Como busques algún libro que se escape de estas características, la llevas clara: no lo van a tener. Si el libro no es muy antiguo puedes encargarlo, y con un poco de suerte lo tendrán en la distribuidora. En cuanto tenga más de dos o tres años, estás frito: jamás vas a poder comprarlo.
Si el libro está descatalogado, empieza la odisea de la búsqueda de libros de segunda mano. La cosa se ha simplificado mucho con Internet: antes tenías que pasarte por todas las librerías de viejo de tu localidad, preguntar y husmear, a ver si tenías suerte. Hoy hay webs como Iberlibro.com donde tienes una selección importante, y también muchas webs de librerías de segunda mano que ofrecen sus productos por Internet (yo estoy utilizando últimamente la de libros Alcana. Son muy rápidos y tienen buen catálogo).
¿Y dónde está Laura López Franco, que la hemos perdido de vista con tanto irme por los cerros de Úbeda?
Laura vino en uno de esos libros que no pude encontrar. Pedí el libro de Enrique Páez en una librería de segunda mano, y cuando me llegó, al hojearlo, pude ver su nombre escrito en la primera página: Laura López Franco, 6º de EGB. La letra era pulcra, redonda, letra de niña. El libro estaba muy bien cuidado, y no pude menos de imaginarme la frescura de una colegiala que se lleva en la mochila la lectura que tiene a medias, junto al bocadillo que le ha preparado su madre y algún juguete de los que estén de moda en esa época del año.
Hace un tiempo hubiese leído el nombre y me hubiese olvidado del asunto. Hoy en día, con Internet, es fácil encontrar información sobre una persona. Tras un par de minutos de búsqueda rápida pude ver su foto actual, saber quienes son sus amigos, comprobar que sigue viviendo en Madrid. Pude constatar que, quien era antes una niña de 6º de EGB que leía libros infantiles, ahora es una persona adulta que sigue los pasos que hemos dado los que somos unos años mayores que ella.
Y todo esto me hizo pensar en los libros que he leído cuando era joven, cuando era niño, y me hizo preguntarme: ¿dónde están los libros de mi infancia?
Yo lo sé: están guardados en una casa que mis padres no utilizan, algunos en las estanterías, otros en cajas. Están todos esos libros de los que guardamos un recuerdo especial y todos aquellos que no recordamos pero que en su día nos entretuvieron. Ese lugar es un pequeño tesoro de memoria que, si algún día vuelvo a ver, removerá mi nostalgia. Ver de nuevo esos títulos tan de niño con “Aniceto el vencecanguelos”, “El dragón tragón”, “El Pampinoplas”. Los libros que tanto nos gustaron en su día como “Momo”, “La historia interminable”, “Las aventuras de Tom Sawyer”. Todos esos libros que eligieron nuestros padres para nosotros con todo el cariño y el conocimiento de literatura infantil que pudieran tener por aquel entonces. Creo que la próxima vez que los vea será para deshacerme de ellos y será doloroso.
¿Qué es lo que sucedió para que el libro de Laura esté ahora en mis manos? ¿De qué forma, en qué circunstancias se desharía de él? ¿Fueron recuerdos de los que tuvo que desprenderse en una mudanza? ¿Tuvieron que venderlos para conseguir algo de dinero? Nunca lo sabré.
¿Y vosotros? ¿Os acordáis de los libros de vuestra infancia? ¿Recordáis algunos de esos títulos? ¿Sabéis dónde están guardados ahora? ¿Os acordáis de aquellas sensaciones tan maravillosas que nos embargaban cuando leíamos de niño? Leíamos cosas que ahora, con ojos de adulto, nos pueden parecer pueriles, pero que entonces nos abrían a un mundo nuevo. Las primeras veces son tan especiales… Yo recuerdo cómo me emocionaba con las historias de los Cinco, cómo soñaba con vivir alguna vez aventuras como ellos. Cómo sufrías con los personajes que tenían problemas que ahora te parecerían triviales, cómo te identificabas con personajes que de adulto te parecen simples. Ahora somos mucho más complicados, las historias tienen que tener una riqueza y una complejidad muy alta para que nos dejemos convencer y podamos creernos la narración. Sin embargo, las historias infantiles tienen algo especial. Estoy volviendo a leer literatura infantil y juvenil, e intento mirarla con ojos de niño pero, como adulto, no puedo evitar darme cuenta de que esas historias tienen algo más, y es algo muy bueno: esas historias están escritas con amor, por un adulto que se deja un poquito de su corazón intentando contarle una historia a un niño. Ese amor se nota, se filtra entre las páginas y estoy seguro que a los lectores les llega, aunque no puedan entender todavía de donde sale. Si alguna vez consigo publicar alguna historia para niños, espero que de mis textos se desprenda también ese cariño y ese amor.
En fin, modo nostalgia OFF, que me entran los lagrimones. Ver la letra de niña de Laura y verla ahora convertida en una mujer adulta me ha hecho recordar que yo también fui un niño. Me ha hecho echar de menos aquellos años tan simples, tan claros, cuando todo era nuevo y pensábamos que íbamos a vivir para siempre. Ojala pudiésemos tomarnos de vez en cuando unas vacaciones y volver a esos días, pero es un tiempo que se fue y que no volverá. Tan sólo puedo rememorarlo viendo crecer a mi hija, y lo único que puedo hacer es intentar que ella tenga la mejor infancia posible, que sea feliz. Como me dijo una vez una persona a la que aprecio mucho, cuidando a nuestros hijos lo que hacemos es cuidar del niño que fuimos nosotros alguna vez. Es lo más que podemos hacer por nuestra infancia.