quitandose el traje

…en ultima instancia eres sólo un simple individuo en un mundo enorme

 

Encontrando un propósito Miércoles, 31 de agosto de 2011

Filed under: cajón de sastre — yabu @ 2:15 pm

“Mucho ocio conlleva mucha responsabilidad”. Leí esa frase hace tiempo, en un post de Lector Constante en el que comentaba que le acababan de despedir. Cuando la leí me pareció algo gracioso, sobre todo por el contexto en el que la había escrito. Lo que no sabía es la gran sabiduría que encerraba. Me estoy dando cuenta ahora, cuando estoy más ocioso de lo que he estado nunca. Además, el ocio del que disfruto no es un ocio corriente: es un ocio obligatorio. Tengo que sentarme delante de un ordenador durante siete horas sin absolutamente nada que hacer, con la mente en blanco, un navegador y una conexión a Internet. El paraíso para algunos. Pero tiene sus trampas, creedme.​

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Recordando libros Martes, 30 de agosto de 2011

Filed under: cajón de sastre — yabu @ 3:22 pm

Por tercera vez en este blog voy a nombrar a una persona real. A las dos primeras que mencioné ya las conocía; a esta jamás la he visto ni había tenido noticias de ella hasta poco antes de este post. Con las dos anteriores, a raíz de mencionarlas en el blog tuve contacto con ellas (y con una todavía lo mantengo). Con la que voy a mencionar en esta entrada no creo que llegue a tener ningún tipo de contacto, así que aprovechándome de mi anonimato voy a contar todo lo que me apetezca, que no será mucho y además será todo ficticio porque, como ya he comentado, apenas la conozco.

La historia viene de un mes y pico atrás. Dos cosas sucedieron de forma casi simultánea: en primer lugar, vi el post sobre el taller de Enrique Páez que ya compartí con vosotros en esta entrada. En segundo lugar, me apunté a un curso de la Escuela de Escritores para aprender a escribir literatura infantil y juvenil. Una cosa no tuvo que ver con la otra: llevo tiempo intentando aprender a escribir, y hace algunos años ya cursé un par de talleres en esa misma escuela. Sin embargo, esos dos actos estaban más relacionados de lo que pueda parecer. En primer lugar, por lo que he podido entender de los comentarios mi profesora, la Escuela de Escritores fue de alguna manera la continuación del taller de Enrique Páez. En segundo lugar, Enrique Páez escribía literatura infantil y juvenil. Tiene unos cuantos títulos publicados, y está muy bien considerado como autor. En tercer lugar, para saber escribir bien hay que haber leído bastante, por lo que como parte del curso se recomendaba una bibliografía y, en ella, se mencionaba un libro de Enrique Páez. No soy de los que piensan que las casualidades son mágicas, pero tanto rondaba el nombre de Enrique Páez últimamente por mi vida que no pude menos que interesarme por su obra. Así que me decidí a hacerme con el libro recomendado, tanto por aprender a escribir para niños como por la curiosidad que tenía acerca de cómo escribiría, cual sería su calidad, que temas trataría. Y aquí es donde entra la estrella de este post: Laura López Franco.

No sé si habréis ido últimamente por una librería. Por un lado espero que sí, pues es una experiencia agradable. Por otro, espero que no, porque si sois como yo son una ruina: tantos libros, con ese olor tan seductor, con sus títulos sugerentes… Tantas promesas de diversión y conocimiento tan cerca de tu mano que puedes tocarlas, ojearlas, abrir las páginas y comenzar a compartir una historia, leer unos cuantos párrafos bien cuidados que hacen que te apetezca disfrutar del libro en soledad, en la tranquilidad de tu salón. Lo dicho, una ruina: no hay vez que pase un rato en una librería y salga sin haber comprado algo, y los libros son caros.

La cuestión es que si habéis ido a una librería habréis visto que tienen muchísimos libros (cosa que no es nada de extrañar porque se dedican a venderlos), pero aunque os parezca que hay gran cantidad de ellos, en realidad sólo tienen tres tipos de libros: los más nuevos, los más vendidos y los que no se han podido vender pero todavía no han perdido la esperanza de hacerlo. Como busques algún libro que se escape de estas características, la llevas clara: no lo van a tener. Si el libro no es muy antiguo puedes encargarlo, y con un poco de suerte lo tendrán en la distribuidora. En cuanto tenga más de dos o tres años, estás frito: jamás vas a poder comprarlo.
Si el libro está descatalogado, empieza la odisea de la búsqueda de libros de segunda mano. La cosa se ha simplificado mucho con Internet: antes tenías que pasarte por todas las librerías de viejo de tu localidad, preguntar y husmear, a ver si tenías suerte. Hoy hay webs como Iberlibro.com donde tienes una selección importante, y también muchas webs de librerías de segunda mano que ofrecen sus productos por Internet (yo estoy utilizando últimamente la de libros Alcana. Son muy rápidos y tienen buen catálogo).

¿Y dónde está Laura López Franco, que la hemos perdido de vista con tanto irme por los cerros de Úbeda?

Laura vino en uno de esos libros que no pude encontrar. Pedí el libro de Enrique Páez en una librería de segunda mano, y cuando me llegó, al hojearlo, pude ver su nombre escrito en la primera página: Laura López Franco, 6º de EGB. La letra era pulcra, redonda, letra de niña. El libro estaba muy bien cuidado, y no pude menos de imaginarme la frescura de una colegiala que se lleva en la mochila la lectura que tiene a medias, junto al bocadillo que le ha preparado su madre y algún juguete de los que estén de moda en esa época del año.

Hace un tiempo hubiese leído el nombre y me hubiese olvidado del asunto. Hoy en día, con Internet, es fácil encontrar información sobre una persona. Tras un par de minutos de búsqueda rápida pude ver su foto actual, saber quienes son sus amigos, comprobar que sigue viviendo en Madrid. Pude constatar que, quien era antes una niña de 6º de EGB que leía libros infantiles, ahora es una persona adulta que sigue los pasos que hemos dado los que somos unos años mayores que ella.

Y todo esto me hizo pensar en los libros que he leído cuando era joven, cuando era niño, y me hizo preguntarme: ¿dónde están los libros de mi infancia?

Yo lo sé: están guardados en una casa que mis padres no utilizan, algunos en las estanterías, otros en cajas. Están todos esos libros de los que guardamos un recuerdo especial y todos aquellos que no recordamos pero que en su día nos entretuvieron. Ese lugar es un pequeño tesoro de memoria que, si algún día vuelvo a ver, removerá mi nostalgia. Ver de nuevo esos títulos tan de niño con “Aniceto el vencecanguelos”, “El dragón tragón”, “El Pampinoplas”. Los libros que tanto nos gustaron en su día como “Momo”, “La historia interminable”, “Las aventuras de Tom Sawyer”. Todos esos libros que eligieron nuestros padres para nosotros con todo el cariño y el conocimiento de literatura infantil que pudieran tener por aquel entonces. Creo que la próxima vez que los vea será para deshacerme de ellos y será doloroso.

¿Qué es lo que sucedió para que el libro de Laura esté ahora en mis manos? ¿De qué forma, en qué circunstancias se desharía de él? ¿Fueron recuerdos de los que tuvo que desprenderse en una mudanza? ¿Tuvieron que venderlos para conseguir algo de dinero? Nunca lo sabré.

¿Y vosotros? ¿Os acordáis de los libros de vuestra infancia? ¿Recordáis algunos de esos títulos? ¿Sabéis dónde están guardados ahora? ¿Os acordáis de aquellas sensaciones tan maravillosas que nos embargaban cuando leíamos de niño? Leíamos cosas que ahora, con ojos de adulto, nos pueden parecer pueriles, pero que entonces nos abrían a un mundo nuevo. Las primeras veces son tan especiales… Yo recuerdo cómo me emocionaba con las historias de los Cinco, cómo soñaba con vivir alguna vez aventuras como ellos. Cómo sufrías con los personajes que tenían problemas que ahora te parecerían triviales, cómo te identificabas con personajes que de adulto te parecen simples. Ahora somos mucho más complicados, las historias tienen que tener una riqueza y una complejidad muy alta para que nos dejemos convencer y podamos creernos la narración. Sin embargo, las historias infantiles tienen algo especial. Estoy volviendo a leer literatura infantil y juvenil, e intento mirarla con ojos de niño pero, como adulto, no puedo evitar darme cuenta de que esas historias tienen algo más, y es algo muy bueno: esas historias están escritas con amor, por un adulto que se deja un poquito de su corazón intentando contarle una historia a un niño. Ese amor se nota, se filtra entre las páginas y estoy seguro que a los lectores les llega, aunque no puedan entender todavía de donde sale. Si alguna vez consigo publicar alguna historia para niños, espero que de mis textos se desprenda también ese cariño y ese amor.

En fin, modo nostalgia OFF, que me entran los lagrimones. Ver la letra de niña de Laura y verla ahora convertida en una mujer adulta me ha hecho recordar que yo también fui un niño. Me ha hecho echar de menos aquellos años tan simples, tan claros, cuando todo era nuevo y pensábamos que íbamos a vivir para siempre. Ojala pudiésemos tomarnos de vez en cuando unas vacaciones y volver a esos días, pero es un tiempo que se fue y que no volverá. Tan sólo puedo rememorarlo viendo crecer a mi hija, y lo único que puedo hacer es intentar que ella tenga la mejor infancia posible, que sea feliz. Como me dijo una vez una persona a la que aprecio mucho, cuidando a nuestros hijos lo que hacemos es cuidar del niño que fuimos nosotros alguna vez. Es lo más que podemos hacer por nuestra infancia.

 
 

Criando a un niño Martes, 23 de agosto de 2011

Filed under: cajón de sastre — yabu @ 3:59 pm

Hace veinte meses que fui padre. Después de pasar una noche entera en el paritorio con mi chica, nos dieron una renacuaja calentita que se dedicó a chupar un rato de las tetas de su madre y después a dormir encima mío durante medio día. Quizá otro día hable del parto: fue un parto natural y una experiencia maravillosa que ojala pudiese tener todo el mundo en vez de esas pesadillas por las que se suele pasar en los hospitales. Pero hoy de lo que quería hablar es de la crianza de un bebé.

No enseñan a criar a los niños. Es lógico, porque no hay una forma correcta de hacerlo. Esto de criar no es una receta mediante la cual obtener una persona ideal, sino que cada familia tiene que encontrar su camino, su forma de hacer las cosas. Lo que quiero compartir con vosotros son los principios que he aprendido de la paternidad y que quizá os puedan ayudar a la hora de enfocar la crianza de vuestros niños. Lo más importante es que sea una filosofía con la que estéis cómodos, así que si veis que lo que cuento no va con vosotros, sentíos muy libres de no hacerme ni caso y seguir vuestro propio camino (vuestros hijos se criarán fatal y serán infelices, pero la selección natural es así de cruel).

Lo primero que aprendí es que, si eres padre, eres padre. Ya no eres un treintaañero con pasta en el bolsillo y mucho tiempo para dedicar a lo que te gusta. Ahora, tienes la responsabilidad de hacerte cargo durante veinticuatro horas de una criatura desvalida. No puedes esperar planificarte como antes lo hacías. ¿Que te apetecía ir a cenar? Pues ibas a cenar. ¿Que te apetecía cena con los amigos? Pues dos llamadas y te ibas de cena. Ahora, tu tiempo no te pertenece: lo debes dedicar a estar con tu niño, y él va a necesitar que estés allí las veinticuatro horas. Cuando se despierte por la noche querrá que lo cojas en brazos. Cuando tenga hambre querrá que le den de comer. Cuando se aburra, necesitará a alguien con quien jugar y que pueda estimularle y enseñarle el mundo. Yo he decidido que soy un padre y que es lo que quiero hacer: estar ahí para mi hija. Así que, cuando tengo ganas de hacer algo y no puedo disponer libremente de mi tiempo, pienso que es porque es lo que he elegido al tener un niño y disfruto con ello. No intento mantener el ritmo que llevaba antes porque sé que, para hacerlo, tendría que endiñarle mi hija a alguien para que se ocupara de ella por mí. Más adelante, los niños serán más independientes y podré ir retomando alguna de las cosas que hacía, pero ahora es lo que hay. Además, sé que en el futuro me arrepentiré de los momentos que no haya pasado con mi hija y no de las cenas que no haya podido tomar por estar con ella. Con esto no quiero decir que no le deje a mi niña a mi suegra de vez en cuando y me vaya por ahí con mi chica, sino que eso: lo hago de vez en cuando, como cosa excepcional. Soy un padre que de tanto en tanto tiene una actividad lúdica, no un treintaañero que tiene que cargar con las molestias de un bebé. Las cosas se ven muy diferentes desde cada uno de esos puntos de vista.

Lo segundo que aprendí es que un niño es una persona. Es una persona desvalida, pero persona al fin y al cabo. Es un miembro más de la familia con pleno derecho. Lo único es que no tiene tantos conocimientos como tú y necesita protección. Pero sabe lo que quiere, créeme, y esos deseos merecen un respeto mientras su seguridad no esté en juego.

Es algo parecido a como si te hubieses echado una novia adicional. ¿Qué pasaría si a tu nueva novia le apeteciese llevarse a la calle un peluche? ¿Que pasaría si te dijese: “mira, es que realmente me apetece llevármelo para jugar con él un rato”? ¿Se lo prohibirías? O qué pasaría si tu pareja dijese: “no tengo más hambre, hoy estoy realmente llena”. ¿Le obligarías a comerse todo el plato?. O si ella dijese que le gusta mucho ir a la piscina, ¿no haríais un esfuerzo para que ella se lo pasase bien? ¿Qué pasaría si tu novia te pidiese que la abrazases? ¿No la abrazarías? Pues con tu hijo pasa lo mismo, solo que el pobre es muy pequeño y necesita que alguien le proteja y no le deje hacer cosas que puedan dañarle.

Ojo, porque tener respeto a los deseos del niño no quiere decir que dejes de lado lo tuyos y los de tu pareja. No estoy diciendo que, si cada vez que la niña coge unos rotuladores se mancha la ropa, se los dejes siempre que ella quiera. Si te toca las narices tener que estar lavando o comprando ropa nueva, no se los vas a dejar porque entonces el que estarías puteado serías tú. Pero si no te causa ninguna molestia, ¿por qué no? Muchas veces tenemos tendencia a prohibir las cosas por que sí, porque pensamos que no es lo que el niño debería estar haciendo en ese momento. De eso es de lo que hay que huir como de la peste: una cosa es lo que nos gusta a nosotros, y otra lo que le gusta al niño, y hay que respetar sus gustos: recuerda, aunque sea pequeño, tiene sus gustos y son perfectamente respetables. Antes de prohibir, hay que plantearse si lo que prohibimos puede causar algún daño al bebé, si es algo que realmente nos causa una molestia importante, o si simplemente se lo prohibimos porque lo que está haciendo no coincide con nuestros gustos o con nuestros planes (porque muchas veces la molestia que nos causa es mínima o simplemente nos jode por manía nuestra). Hacer esto último no es una buena idea, porque estaremos limitando a nuestro hijo por algo que no es realmente importante. Hay que poner límites, pero límites que merezcan la pena. Los mismos límites que podrías ponerle a tu pareja.

Un niño es una persona y se le debe respetar como un miembro más de la familia desde el primer momento. A veces es fácil olvidarse, pero pasará como en una relación de pareja: si hay respeto y se tienen en cuenta los deseos de la otra persona, la relación irá bien. Si no, la otra persona se sentirá mal y no estará a gusto. Yo quiero una relación con mi hija en la que los dos estemos a gusto, así que intento respetarla en todo momento y que ella me respete a mí

La tercera cosa importante es que un niño necesita amor. Es como tu novia: eres una persona importante para ella y necesita tu cariño y tu atención. Tu novia no quiere dormir sola en otra habitación, no quiere comer sola en la cocina, no quiere que la pongas en una silla y te la lleves por ahí sin mirarla ni dirigirle la palabra. Quiere que cuentes con ella. Quiere participar en la vida de la familia. Quiere estar contigo, que le abraces, que le beses y que le hagas cariñitos. Tú a tu novia no dejarías de darle un beso sólo porque no se malacostumbrase, y si te lo pidiera no pensarías que te está puteando. Es que le apetece. A tu hija le pasa lo mismo, y si llora cuando no tiene lo que quiere es porque es la forma de expresar lo que siente, no un chantaje emocional para obligarte a algo. Hay relaciones de parejas más intensas y menos intensas (eso ya es cosa de cada uno), pero tu hija quiere tener contigo una relación muy intensa. Eres lo más importante para ella, y te quiere como a nada en el mundo. Obviamente habrá veces en la que no quieras o no puedas darle lo que quiere (hay que trabajar, tenemos responsabilidades, necesitamos momentos de desconexión), pero tienes que ser consciente de esa necesidad de amor y de atención por su parte, y cubrirla de la mejor forma que sepas o puedas.

Y así es como estamos intentando criar a nuestra hija: con dedicación, respeto y amor. Creo que si mantenemos eso desde un principio construiremos una relación muy buena y muy sana con ella, y tendremos una familia con la que estaremos todos a gusto. Creo que es la forma más adecuada para conseguir una familia como la que queremos, y que es una donde se den las condiciones para que todos podamos ser felices. Otras familias lo llevan de otras formas, pero creo que es porque sus objetivos difieren de los nuestros. Quizá ellos quieran que sus hijos tengan mucho dinero, que sean los más listos de la clase, o que sean capaces de seguir una serie de normas rígidas y tener disciplina. Yo, después de tantos años, me he dado cuenta de que lo que importa es la felicidad y que cada uno tenemos una forma y un lugar distinto donde conseguirla, y quiero ayudar a mi hija a que encuentre la suya donde la tenga que encontrar.

 
 

Desconectándome del mundo Jueves, 18 de agosto de 2011

Filed under: cajón de sastre — yabu @ 3:50 pm

Ayer fui a ver a un amigo. Vive lejos, y llevábamos más de dos años sin vernos. La sensación ha sido triste, porque antes estábamos bastante unidos y volver a vernos sólo ha servido para constatar que la vida poco a poco nos va separando. No sólo es la distancia física: es la forma de ver el mundo. Es la forma de criar a los hijos, de enfrentar la vida. Ya no sé si seríamos capaces de sentarnos a una mesa, con algo de comida y mucho alcohol, y filosofar hasta la madrugada.

Eso me ha hecho pensar en cómo han evolucionado las relaciones con las personas que han sido importantes en mi infancia y en mi juventud, y la sensación que me ha quedado es de vacío. De desconexión. De algo que se ha ido apagando poco a poco y de lo que ya no queda nada.

Todos los amigos de mi infancia los he perdido: cambié de ciudad, y aunque donde vivo ahora no está muy lejos, no conservo ningún contacto con ellos. Por no conservar, casi no tengo ni recuerdos de los compañeros de mi escuela, de aquellos con los que jugaba cuando era pequeño.

Todos los amigos de mi juventud los he perdido: unos se han ido a vivir a ciudades diferentes, con otros simplemente se ha apagado la relación. Cada uno hemos tomados caminos distintos y aquello que nos unía ha ido desapareciendo: los estudios, la juventud, ese momento en el que compartes los problemas que se presentan cuando empiezas a abrirte paso por el mundo. Conservo un contacto esporádico con alguno de ellos, como con el que fui a visitar ayer, pero la sensación es triste: la vida nos separa.

Por no conservar, no conservo ni el vínculo con mis padres. La relación nunca fue demasiado buena, y al final hemos terminado separados del todo. Eso también da una sensación de desconexión importante, porque no sólo pierdes el vínculo con ellos sino sobre cosas que eran referentes en tu vida, que siempre habían estado ahí: la casa donde has vivido. La gente, el pueblo, la urbanización donde pasabas los veranos. El resto de tu familia. Con todo eso he perdido la relación, y sólo ha quedado un vacío por llenar.

Incluso los blogs que leía: poco a poco, la era blog va pasando y las personas a las que seguía se van cansando, van dejando de escribir y de comentar. Era un grupo de gente que, aunque no conocía personalmente, te hacía sentir que formabas parte de algo. Y qué queréis que os diga: lo de las redes sociales no es lo mismo. Al dar la cara, el contenido no tiene la misma intimidad que tenía en los blogs. Yo mismo me cortaría a la hora de escribir este post en una red social con mi verdadero nombre.

Sé que mi vida ha cambiado mucho últimamente, que ha cambiado a mejor, pero también siento el dolor de todo ese vacío y esa pérdida. Me siento como si estuviera en una burbuja con mi pareja y con mi hija, desconectado de todo lo demás. Estoy en una etapa en la que se han perdido mis lazos con el mundo y ando un poco en el vacío; una etapa en la que tengo que construir de nuevo mis anclajes: cosas, y sobre todo personas, que sean importantes para mí y que me hagan encontrar un lugar en el que me sienta valorado y querido. Pero tengo ya una edad en la que no sé si es posible establecer relaciones duraderas, con esa intensidad con la que se establecen cuando eres un niño y un adolescente.

Tendré que intentarlo. Pero no sé ni cómo ni por dónde empezar.

 
 

Dominando la escritura Viernes, 12 de agosto de 2011

Filed under: cajón de sastre — yabu @ 3:45 pm

Dicen que para hacer algo con el virtuosismo de un maestro, tienes que dedicarle al menos diez mil horas de práctica.

Diez mil horas es mucho tiempo. Si asumimos que le dedicamos ocho horas al día, lo cual son muchas horas para dedicar a una sola cosa, llevaría un total de 1250 días ininterrumpidos. Si asumimos 250 días hábiles al año (descontando fines de semana y un merecido mes de vacaciones) nos da un total de 5 años. 5 años haciendo algo de forma ininterrumpida durante ocho horas diarias. Supongo, además, que una parte importante del proceso será prestar atención a lo que estamos haciendo. No me imagino durante cinco años prestando atención a algo durante ocho horas diarias.

Quiero dominar la escritura, y me he puesto a calcular cuánto tiempo me podría costar. Le dedico media hora al día a escribir, con lo que me da un total de 125 horas al año. No es demasiado, aunque espero incrementarlo poco a poco. Una de las cosas que más me cuesta es ser constante, y he preferido empezar a entrenar haciendo algo sólo durante media hora pero con regularidad y determinación. Una vez haya conseguido ser constante, me plantearé incrementar el tiempo a una hora. Es posible que a vosotros os parezca un logro pírrico pero, para mí, llegar al compromiso conmigo mismo de hacer algo todos los días es algo importante. Ojala a vosotros os resulte más fácil, porque tendréis gran parte del camino hecho.

Si aumento el ritmo hasta una hora diaria, tardaré cuarenta años en conseguir escribir como un maestro.

Lo malo, además, es que dominar la escritura no quiere decir que seas un buen escritor. Para ser un buen escritor hace falta también ser un buen artista. Ser un artista no es algo que se consiga a base de practicar horas, se consigue teniendo una visión diferente sobre el mundo. Eso también es complicado, requiere mucha cultura, requiere hacer las cosas de forma diferente al resto, plantearse todo como si fuera nuevo desprendiéndose de ideas preconcebidas. Es algo que quizá esté a mi alcance, o quizá no.

Es decir, cuando tenga ochenta años, y si he conseguido tener la visión del mundo de un artista, podré escribir como un verdadero escritor. ​

Es una meta demasiado alejada en el tiempo como para intentar alcanzarla si no te gusta el camino que vas a recorrer, si no disfrutas con el proceso de aprendizaje. ¿Disfruto escribiendo? Pues sí, disfruto. Disfruto como disfruta el que corre una maratón o el que navega en medio de una tempestad. Suda, sufre, piensa que no va a llegar, pero cuando llega mira atrás y se da cuenta de que lo que ha hecho es algo de lo que está orgulloso

Así que allá vamos. A ver si para cuando sea abuelito consigo ser un buen escritor.