Cambiando de turno Jueves, 12 de enero de 2012
El yayo ha muerto. Hace un poco más de tres años ya estuvo a punto. Había aguantado muy bien hasta este verano, cuando su cuerpo empezó a fallar poco a poco. En seis meses pasó de ir a comprar el pan cada día a cagarse encima y no poder apenas levantarse del sofá. Por suerte no se murió sólo: mis padres y mis tíos estuvieron presentes en la habitación hasta el último momento, aunque él ya había perdido prácticamente la conciencia.
Ha vivido 97 años, casi todos ellos con una salud casi perfecta.
Era mi último abuelo. Con su despedida, la muerte ha avanzado un turno: si no hay ningún accidente, ninguna enfermedad grave, los siguientes en morir serán nuestros padres. Luego, moriremos nosotros. Ahora estoy en segunda línea de fuego. Mi generación ha sido reemplazada por la de nuestros hijos, y se va acercando el momento en el que mi hermano y mis primos seamos ancianos y empecemos a morir. Después de que lo hagan nuestros padres. Segundo turno.
Ver a la muerte más cerca me ha hecho reflexionar todavía más sobre el sentido de la vida, lo que hace que este mundo merezca ser vivido. Mi abuelo ha vivido 97 años, ha tenido saludo, pero ¿su vida ha merecido la pena?
He estado haciendo memoria, y no recuerdo haberle visto nunca hacer algo significativo.
Los recuerdos de mi infancia son muy vagos, pero en ellos aparece mi abuela, no él. Por los comentarios que he oído de adulto sé que no se relacionaba demasiado con sus nietos. Iba a su rollo, a sus cosas. Siempre fue muy independiente y no le gustaba la responsabilidad que implica el vínculo afectivo con un niño pequeño. También tenía una relación bastante seca con mi madre y mis tíos, así que imagino que cuando ellos eran pequeños las cosas no debieron de ser muy diferentes. Creo que debió de ejercer el papel de marido proveedor, que traía dinero a casa pero que no se preocupaba ni de tareas domésticas ni del cuidado de los hijos.
Le gustaba leer. Dedicaba muchas horas al día a la lectura hasta que sus problemas de la vista se lo impidieron. Le gustaba pasear. Durante muchos años tuvo una perra, que le acompañaba a todas partes. Pero casi siempre iba sólo. No le gustaba relacionarse demasiado con otras personas. No le recuerdo viendo regularmente a un grupo de gente, participando en algún proyecto conjunto, ayudando a alguien. Nunca le vi dar un beso, un abrazo, decir una palabra amable. Iba a su aire. Leyendo, viendo televisión, dando paseos. Matando el tiempo. Estuvo muchos años jubilado, pero cuando trabajaba lo hacía en la oficina de una empresa. Trabajo burocrático, nada especial.
¿Cuales fueron sus pensamientos en estos últimos años? ¿En qué pensó cuando estaba tumbado en la cama del hospital, consciente —porque era consciente de ello— de que se moría?
Nunca podré saberlo. Pero si yo hubiera tenido una vida como la suya, lo que pensaría es: “vaya mierda”. Estar en el mundo para esto. Le recordaremos un tiempo, cada vez menos con los años, pero su paso por el mundo no ha dejado ninguna huella. No estableció una relación significativa con sus hijos, con sus nietos, con nadie. No participó en ningún proyecto que hiciese del mundo algo mejor. No tuvo grandes sueños, y si los tuvo, ni los dijo ni intentó cumplirlos. La suya ha sido una vida estándar, sin más significado.
La vida de mis padres no es muy diferente. Han tenido más relaciones sociales que mi abuelo, pero nada más. Ningún sueño. Ninguna esperanza. Ni siquiera tienen una buena relación con sus hijos.
¿Qué pensaré yo el día que esté en mi lecho de muerte? ¿Qué pensaréis vosotros? ¿Dejaremos el mundo satisfechos de haber vivido una vida plena, o nos iremos jodidos, pensando que merecíamos que la vida fuera otra cosa?
Estoy en el segundo turno, y si mañana me tocase morirme lo que pensaría es: “vaya mierda”. Se me ha dado una vida humana maravillosa en un entorno rico y seguro. He tenido la posibilidad de hacer mil cosas: de viajar, de estudiar, de vivir. Y sin embargo, no he sabido hacer nada con mi vida en cuarenta años. Soy un oficinista estándar al que casi nadie echaría de menos si no volviese a levantarse mañana.
Estoy en el segundo turno, y tengo que espabilar si quiero que mi vida sea significativa. Ya me estoy moviendo, pero he de darme prisa. Cuando somos niños, todo es potencialidad e ilusión. El mundo entero es una maravilla. Conforme crecemos, nuestro tiempo se agota. Hemos tomado decisiones que restringen nuestras posibilidades. Nos encasillamos en un rol social, en unos compromisos económicos. Somos menos flexibles, menos energéticos. Tenemos menos tiempo y menos fuerza para reaccionar.
Ahora estoy volcado en la crianza de mi hija. Mi relación con ella y con mi pareja es muy diferente a la que siempre se ha vivido en mi familia: es algo especial, donde hay mucho amor, y que hace que la vida merezca la pena. Pero necesito más. Algo que lo englobe todo, que le de significado y que consiga que, cuando sepa que voy a morir, me haga pensar que mi vida ha sido digna de ser vivida.
Tengo que hacer algo, buscar ayuda. Porque no tengo demasiado tiempo. Estoy en el segundo turno, y la muerte ya me mira por el rabillo del ojo mientras le da vistazos impacientes al reloj.
Yo estoy asomándome al primero, desde que mi madre murió en mayo. Y mi vida no es nada especial, no he cumplido ninguno de los sueños de juventud en los que cambiaba el mundo. Sin embargo, he aprendido muchas cosas, he conocido y querido a gente estupenda -mi baronesa incluida-, he leído. No pido más, y tal vez en ese gesto esté la clave de la paz que ahora tengo cuando miro al pasado, mientras que no la tenía hace unos años, cuando miraba al futuro. Según lo escribo, me doy cuenta de que eso es el budismo, y que lo que hace años me atrajo y hoy daba por olvidado, es ahora cuando comienzo a aprenderlo. Qué cosas.
Siento lo de tu madre, Neogurb.
En cuanto a lo que dices acerca de lo a gusto que estás con cómo ha ido tu vida, me alegro mucho por ti. Creo que esa visión te puede dar mucha fuerza y mucha paz. Yo, sin embargo, cuando miro atrás sólo veo muchos años y muchas oportunidades desperdiciadas. Supongo que mi vida no será muy diferente de la tuya, pero mi forma de mirarla sí que lo es.
Cada vez necesito más darle un sentido a todo esto. Incluso los budistas le asignan un sentido a la vida, un fin último que es la propia iluminación o la iluminación de todos los seres. Ojala pudiese creer en esas cosas pero voy a tener que buscar el sentido de mi vida en otra parte.