Tirando los apuntes Viernes, 30 de septiembre de 2011
Hace años que la cama en la que dormía en casa de mis padres dejó de ser mi cama. La elegí yo mismo cuando tenía dieciocho años y vinimos a vivir a Valencia. Recuerdo que mis padres nos llevaron a un recorrido por las tiendas de muebles de la antigua carretera de Barcelona, y dejaron que decidiésemos cuales iban a ser los que compráramos para nuestro cuarto. Vistos ahora, los que elegí yo me parecen tan feos que tendrían que haberme hecho caso omiso y haber comprado algo más decente, pero supongo que por aquel entonces me parecieron lo más bonito que podía tener en mi habitación; era joven e inexperto y había vivido menos que el tiempo que ha pasado desde entonces hasta ahora.
Una de las condiciones que nos pusieron para elegir los muebles fue que tuvieran unos cajones debajo de la cama que sirvieran como un espacio extra de almacenaje. Tanto mi cama como la de mi hermano tuvieron pues cajones, que con los años se fueron llenando de los trastos que menos necesitábamos tener a mano, ya que el acceso a ellos era un poco difícil.
Con el pasar de los años me fui de casa, y ahí quedaron esos trastos olvidados hasta hace unas semanas. Mis padres se han mudado y necesitaban vaciar el piso, así que me llamaron para que me ocupase de todos aquellos trastos que no me había ido llevando ya a lo largo del tiempo.
Llevaba años sin entrar en casa de mis padres, la que había sido mi casa, y fue una sensación extraña encontrarla medio desmantelada. Una sensación entre el recuerdo y la ausencia, donde aparecían en su lugar algunas cosas que por haber vivido junto a ellas tantos años casi parecía que formaban parte de la configuración natural del mundo. Otras que siempre habían estado ahí se echaban a faltar. Todo era más viejo. Parecía que el polvo se había ido depositando en las cosas hasta formar parte de ellas. Mi cuarto estaba casi desmantelado: en el armario sólo quedaban perchas, y encima de la mesa sólo se veían unos cuantos trastos dejados ahí de cualquier forma, esperando que se reanudara la mudanza. Lo único que había en el cuarto que no había cambiado eran los cajones de debajo de la cama, que tenía que revisar y vaciar.
El contenido de los cajones fue menos variado de lo que esperaba. Habían unos cuantos cacharros inútiles que había dejado allí por no saber qué hacer con ellos y que no me había decido a tirar en su día: un recuerdo de la Expo’92 (una piedra “semipreciosa” de Chile en una caja alargada que tenía un Moai dibujado), unas láminas de esas que si te quedabas bizco veías las cosas en 3D, chorradas así. Había un par de carpetas con textos que había escrito cuando era un adolescente y con los recuerdos y dedicatorias de los compañeros de cuando cursaba bachillerato. El resto era todo libros y apuntes de la carrera. Conforme iba aprobando las asignaturas los almacenaba en el cajón y quedaban allí medio olvidados. Por aquel entonces parecía que todavía podían ser necesarios alguna otra vez. Creo que nunca llegué a usarlos de nuevo, pero quedaban almacenados como una especie de salvaguarda de los conocimientos que había adquirido. Si alguna vez necesitaba recordar algo, todos esos apuntes estarían allí a mano, como la llave para que pudiese volver a activar esas habilidades en mi cabeza.
Pasé un buen rato hojeándolos y apartándolos en montones para bajarlos al contenedor. Vi asignaturas de las que sólo recordaba el nombre. Observé fórmulas complejas, teoremas que debían de ser básicos, conocimientos que un día adquirí y que ahora me parecen lejanos. Libros de asignaturas que me introducían a toda una rama del saber de la que nunca más he vuelto a saber nada. Todo acabó en una pila enorme que bajé con mucho esfuerzo a la basura. Cada viaje al contenedor fue como un símbolo del olvido, de la pérdida de todos los conocimientos que adquirí en la carrera y que ya no me pertenecen, que jamás he vuelto a utilizar.
Tras recoger lo poco que todavía me era de utilidad (un par de carpetas y algún diploma que guardé por si acaso), volví a mi casa. Allí todavía me esperaba otro golpe. Cuando revisé el contenido de las carpetas encontré que todavía quedaban apuntes de cuando estudiaba el antiguo BUP. Exámenes de filosofía que alguna vez supe resolver; apuntes de lengua española describiendo estructuras sintácticas que una vez supe analizar; problemas de matemáticas que no debían de ser muy complejos y que hoy me sonaban a chino. Fui sacando esas hojas de una en una, vaciando cada uno de los apartados de las carpetas, y dejándolas en un montoncito ahora más pequeño. Lo bajé al contenedor de reciclaje. No sólo había olvidado lo que había aprendido en la carrera, había olvidado todo aquello aprendido en los diecisiete años de mi vida que había pasado estudiando.
Me quedó una sensación inmensa de vacío, de pérdida. De haber tirado mi juventud y mi infancia. Cuando me hube deshecho de los últimos restos físicos de mis estudios, me pregunté: ¿qué es lo que ha quedado en mí de todo aquello?
¿Cuantas horas pasé en la escuela, en la universidad? Miles de horas… ¿Qué es lo que he aprovechado de todo eso? ¿Qué, de todo ello, ha colaborado en hacer de mí el hombre que soy ahora? Quizá quede un rescoldo de todos esos conocimientos en alguna parte. Quizá fueron el puente para construir los pensamientos, los valores que rigen ahora mi forma de ver la vida. O quizá no quede nada: fueron sólo conocimientos inútiles, ejercicios vacíos para mi mente que sólo han servido para entretenerme mientras se formaba mi cerebro adulto.
Estoy formándome ahora sobre educación, y el haberme dado cuenta de este gran vacío en mi memoria me hace pensar que quizá no estemos haciendo las cosas bien. Que quizá haya una forma más directa, más práctica, para ayudar a un ser humano a desarrollarse. Haber tirado todos mis apuntes abre una cuestión importante que tendré que resolver de alguna forma: ¿hubiese dado lo mismo si hubiese estudiado cualquier otra cosa? ¿Si no hubiera estudiado nada? ¿Podrían haber hecho las cosas mejor mis educadores y mis padres? Lo que ha sucedido conmigo no tiene remedio, pero quizá con mi hija, con las generaciones venideras, podamos hacer las cosas mejor.
Yo por ahora sólo siento una sensación triste, vaga e indefinida. Como si en vez de haber tirado los apuntes hubiera perdido algo de mí en alguna parte.
“Educación es lo que queda después de olvidar lo que se ha aprendido en la escuela.”
y otra frase de gente más alta que yo:
“Sin educación, no podemos ver más allá de nosotros mismos ni de nuestro ambiente cerrado a la realidad de la interdependencia mundial. Sin la educación no podemos darnos cuenta de cómo la gente de otras razas y religiones comparte los mismos sueños, las mismas esperanzas. Sin educación, no podemos reconocer la universalidad de las metas y ambiciones humanas.” (esta es de Kofi Annan)
En este sentido yo diria que sí sirve/te sirvió para algo.
Cuando me dió por esas reflexiones pense que quiza aprender, ir subiendo de curso, era como una escalera, en realidad lo importante es que sea firme y que te ayude a llegar a donde quieres, no?
Si yo no digo que no me haya servido la educación. A mi lo que me preocupa es que me vendieron que era necesario adquirir una serie de conocimientos concretos (esos y no otros) en un orden determinado. Y luego resulta que esos conocimientos que me obligaban, que me forzaban a aprender como imprescindibles, han resultado inútiles. Lo que ha funcionado es otra cosa: los ejercicios mentales realizados, los hábitos adquiridos… no sé. Pero desde luego, a mi me examinaban en función de un conjunto de conocimientos y me examinaban de forma que los resultados condicionaban mi futuro, y ha resultado todo una farsa. Igual que me enseñaron ciertas cosas podrían haberme enseñado otras, y seguro que podrían haberme enseñado cosas que me interesaran más.
Lo que quiero decir es que, si lo importante no son los conocimientos sino el proceso de enseñanza, toda la base de la educación moderna está equivocada. Todo el énfasis que se hace en el currículum es inútil. He sido educado con un sistema erróneo y eso me jode, porque podría haber aprovechado mucho mejor mi tiempo.