Abandonando a los niños Martes, 27 de septiembre de 2011
Hay que ser salvaje para abandonar a un niño de dos o tres años en un lugar desconocido y dejarlo en manos de unas personas que no conoce y con las que no ha tenido ninguna relación previa.
Sin embargo, es algo que hacen miles de padres por estas fechas con la mayor naturalidad: llevan a sus hijos por primera vez a la guardería, o al colegio, lo sueltan allí y adiós muy buenas. El niño se queda llorando, desorientado, no entiende qué narices está pasando y tiene miedo. Los padres sufren, claro, pero se consuelan pensando que sólo llora un rato y que en un par de días se acostumbrará y estará encantado de volver a la guardería. Pues tenéis que ir sabiendo que no: que los niños se las pasan putas.
No soy profesor de infantil pero he tenido la suerte de estar al otro lado, viendo cómo se comportan los niños que se quedan allí abandonados por sus padres. Los niños sufren. Sufren mucho. No es sólo que lloren: yo he visto caras de una tristeza infinita, llantos desconsolados durante días que sólo paran a ratos (seguramente por agotamiento) He visto niños vagar desorientados por los patios, con la mirada vacía y sin saber qué hacer. Es muy duro ver cómo unas personas —porque aunque sean niños son personas— lo pasan tan mal. Los cuidadores también sufren, les produce un estrés tremendo tener a tantos niños desesperados alrededor, y se esfuerzan lo mejor que pueden para que no lo pasen mal. Pero poco pueden hacer: los niños han perdido a sus personas de referencia y tienen el corazón roto. Estar en brazos de las cuidadoras sólo puede aliviar un poco su dolor.
Lo que me horroriza es que este trauma está tan socialmente aceptado que ni se plantean alternativas. He comentado el asunto con gente de mi entorno (en realidad con compañeros del trabajo, porque últimamente con poca más gente hablo) y lo asumen como algo natural, como algo que tienen que pasar todos los niños y que no tiene importancia. Se nota que ellos no lo han visto. Luego, claro, me hablan de que si los niños tienen terrores nocturnos, que si tienen otras alteraciones del comportamiento. Pero siempre desde la normalidad, como si no pasara nada, como si los niños hubieran cogido un constipado. La excusa es que todos hemos pasado por allí y que todos estamos bien. El que más, me pide alternativas. Como si sólo teniendo alternativas se pudiese denunciar un problema.
Los niños se acaban acostumbrando, desde luego, al cabo de una semana, dos semanas. Todo depende de si antes se habían quedado solos (si no es el primer año de guardería no sufrirán tanto porque ya llevarán el trauma “pasado”) Pero, por lo que he visto, este trauma es como si te cortaran un dedo. Te quedas jodido, lloras, lo pasas mal, pero al final te acostumbras y tienes una vida feliz. Los humanos nos acostumbramos a todo, y los niños aún más, pero eso no es excusa para evitar un sufrimiento si es posible.
Nuestra hija también ha empezado este año la guardería. Nosotros, desde un principio, intentamos que la entrada fuera lo más suave posible, y eso aún antes de saber lo que sé ahora (si lo hubiese sabido, hubiese sido aún más riguroso y cuidadoso al respecto). Buscamos una guardería que tenía un proceso de adaptación de un mes de duración con acompañamiento de los padres, aunque luego cambiamos a un colegio en el que el proceso de adaptación era todavía más flexible —o al menos eso pensábamos cuando nos lo explicaron—. Reservé un par de semanas de vacaciones para acompañar a mi hija a la guardería y mi chica amplió su excedencia para poder dedicarle a la adaptación todo el tiempo que hiciese falta. Porque eso me hace también bastante gracia: la gente dice que “no puede” dedicar tiempo a la adaptación de sus hijos al colegio. Por lo que también he podido ver, la mayoría no es que no puedan sino que no quieran. Me gustaría que los padres se lo planteasen a ellos mismos con sinceridad: ¿cuántos realmente no pueden darles a sus hijos ese tiempo? ¿Para cuántos es sólo un tema económico? (es que claro, jode estar uno o dos meses sin cobrar el sueldo, que viene bastante bien) ¿Para cuántos es sólo un tema de prioridades: trabajo antes que mis hijos, etc.? ¿Cuántos no pueden plantearse alternativas como que sean los abuelos los que hagan el periodo de adaptación?
Nosotros decidimos dejarnos el dinero que hiciese falta e intentar que nuestra hija sufriera lo menos posible durante el periodo de adaptación. Nos llevamos un disgusto inicial, puesto que hubo un malentendido con el colegio y el proceso habitual de adaptación que tienen allí es la versión “a lo bruto”. Sin embargo, tras hablarlo con ellos, han demostrado una flexibilidad y una amabilidad impresionante y nos han permitido hacerlo a nuestro modo. Es una de las cosas por las que le estaré siempre agradecido a este colegio, del que ya iré contando más cosas algún día de estos. Llegamos a plantearnos incluso no escolarizarla este año, pero ir contra lo establecido es complicado y esa decisión implicaba que luego su ingreso a un colegio con una filosofía que nos gustase iba a ser muy difícil.
Yo ya he terminado mis vacaciones y ya no voy al colegio con mi hija. Mi pareja sí, la acompaña cada día en su proceso de familiarización con la escuela. Ya se siente mucho más cómoda con el entorno, los compañeros, las cuidadoras. Ahora pasa muchos ratos en los que va a su aire, sin hacerle caso a su madre, y pronto estará lista para quedarse sola sin sufrir demasiado. Hace ya tres semanas que empezaron y todavía hay un par de niños que lloran cada día. Espero que podamos ahorrarle a nuestra hija todo ese sufrimiento.
Si tenéis que llevar a vuestra hija al colegio o a la guardería, os rogaría que pensaseis un poco en ella y os pusieseis en su lugar. Por si sirve para acabar de convenceros, he encontrado una página donde Susana Pietro, que piensa como yo, lo explica con otras palabras y con más detalle: “Las implicaciones emocionales de la guardería”. Creo que la forma que tenemos ahora de hacer la adaptación de los niños al colegio será algo que en el futuro se verá como una muestra de salvajismo, lo mismo que cuando se les pegaba con la regla o se los hacía trabajar dieciséis horas. Pero nos ha tocado vivirlo en nuestra época, así que habrá que intentar librarse de ello en la medida en que sea posible.
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