Muriendose sólo Miércoles, 27 de Agosto de 2008
Mi abuelo, el Yayo, tiene noventaipico años. Ya me gustaría llegar a esa edad tal y como ha llegado él: quitando un par de achaques casi inevitables (desde hace un año no ve demasiado bien, y a veces se marea y se cansa un poco) puede valerse por sí mismo. Está siempre en compañía pero pasea, ve la televisión, lleva una vida bastante activa. Tiene la cabeza totalmente lúcida y sigue conservando el mal genio de siempre.
Pero claro, la edad no perdona y ayer empezó a encontrarse mal. Le llevaron al hospital y descubrieron que el corazón le estaba flojeando, por lo que le ingresaron y le tuvieron en observación conectado a uno de esos sensores que miden el ritmo cardíaco y que hacen un “bip” de tanto en tanto.
Le acompañaba una de mis primas cuando empezó a fallarle el corazón. Eran paradas pequeñas y continuas. Mi prima lo sabía porque veía como cesaban los latidos en la pantalla. Mi abuelo, totalmente consciente, lo sabía porque lo notaba, y le iba contándole a mi prima cómo se sentía.
—Me mareo, nena, me mareo. Cógeme de la mano.
El Yayo apretaba la mano con fuerza, perdía el conocimiento unos instantes, el sensor empezaba a pitar. Por suerte se recuperaba enseguida, aunque sólo para tener una nueva parada.
—Niña, niña, ahí viene otra vez
Alguien había avisado y ya llegaban corriendo las enfermeras de planta. Mi abuelo seguía encontrándose mal, el corazón le fallaba de nuevo.
—Esta ha sido más fuerte, he visto como una luz en el ojo malo. ¡Que viene otra, que viene otra!
Mi prima seguía cogiéndole de la mano, muy impresionada. Las enfermeras intentaban llevárselo corriendo a la UCI pero el Yayo no dejaba de apretar la mano de mi prima.
—No me soltéis la mano; no me soltéis la mano que me muero.
La enfermera insistía: había que llevarlo a cuidados intensivos. Al final consiguieron tranquilizarle un poco con la promesa de que la enfermera llevaba una jeringuilla cargada de adrenalina, y se lo llevaron corriendo por los pasillos. La última noticia que tengo es que sigue allí, en la UCI. Quizá tengan que operarle para implantarle un marcapasos, aunque van a esperar unas horas para ver como evoluciona porque debe ser una operación complicada en su estado y a su edad.
No dejaron quedarse con él a nadie de la familia: los mandaron a todos para casa, diciéndoles que hoy a medio día tendríamos más noticias. El Yayo se ha quedado sólo, con una enfermera que le cuidará muy bien pero que no conoce de nada: alguien que no le cogerá de la mano cuando vuelva a encontrarse mal.
Entiendo que el permitir la entrada de familiares a la UCI puede dar problemas, sé que tiene la mejor atención médica posible, pero también sé que cuando le bajaron estaba consciente y le hubiese gustado que alguien le acompañase en esos momentos. Sabe que está muy mayor, y se da cuenta de que puede morirse en cualquier momento; debe tener mucho miedo y está sólo.
Pensar que el Yayo está así me da mucha pena. ¿Eso es lo que puede ofrecernos nuestro sistema sanitario, nuestra sociedad? ¿Una atención excelente para morirte sólo y muerto de miedo?
Ver esto me lleva a pensar que la ciencia está empezando a llegar al límite: no tiene sentido avanzar mucho más en ella sin mejorar en el factor humano, tan olvidado en nuestra cultura. Creo que está llegando el momento de pararse a reflexionar y a plantearnos las prioridades y los objetivos.
Espero que las cosas cambien pronto, porque no quiero que el Yayo se muera y menos que se muera sólo.
